La contaminación atmosférica se ha transformado en una de las amenazas sanitarias graves que la sociedad ha aprendido a normalizar, pese a sus efectos sobre la salud y la calidad de vida de millones de personas. Así lo planteó el Dr. Juan Escrig Murúa, profesor titular del Departamento de Física de la Universidad de Santiago e investigador del Centro de Nanociencia y Nanotecnología, CEDENNA, en una columna publicada por El Mostrador.
En el texto, titulado “El aire que heredarán nuestros hijos”, el académico reflexiona sobre los recientes episodios críticos de contaminación en Santiago y plantea una pregunta que, a su juicio, debiera ocupar un lugar más permanente en la discusión pública: qué aire heredarán las próximas generaciones.
“La pregunta no surge del alarmismo. Surge de la evidencia científica”, señala el investigador, al advertir que la contaminación atmosférica suele instalarse en la conversación pública solo durante algunos días, especialmente cuando se decretan alertas o preemergencias ambientales, para luego ser desplazada por otras urgencias.
Desde la mirada científica, el Dr. Escrig explica que parte importante del problema está asociado a la escala. Las partículas PM2,5, monitoreadas durante los episodios críticos, son cerca de cuarenta veces más pequeñas que el diámetro de un cabello humano. Muchas de las partículas más dañinas pueden alcanzar dimensiones nanométricas, lo que les permite atravesar las defensas naturales del organismo, llegar a los pulmones e incluso ingresar al torrente sanguíneo.
“La contaminación atmosférica es, en gran medida, un problema de escala. Las partículas más dañinas son invisibles a nuestros ojos, pero sus efectos son profundamente reales”, plantea en la columna.
En ese contexto, el investigador CEDENNA sostiene que comprender cómo estas partículas se desplazan en la atmósfera, cómo interactúan con el organismo y cómo reducir su impacto requiere investigación científica sostenida, desarrollo tecnológico y formación de capacidades especializadas.
También destaca que algunas de las soluciones más prometedoras surgen precisamente desde la nanoescala. La nanotecnología permite avanzar en sensores más precisos para monitorear contaminantes, materiales capaces de capturar partículas nocivas y nuevas tecnologías energéticas que podrían contribuir a reducir emisiones.
Para CEDENNA, este tipo de reflexiones refuerza la importancia de la investigación en nanociencia y nanotecnología aplicada a desafíos del país, especialmente en áreas como medioambiente, salud, energía y desarrollo de materiales avanzados.
El Dr. Escrig subraya que las mejoras en la calidad del aire no ocurren por azar, sino que son resultado de conocimiento científico, políticas públicas, innovación tecnológica y decisiones colectivas sostenidas en el tiempo.
“La herencia más importante que dejamos a nuestros hijos no es únicamente la ciudad que construimos, sino también el aire que les permitimos respirar”, concluye el académico.
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